Maceió y alrededores, maravillosa costa de coral
Maceió y sus alrededores, la maravillosa costa del coral 💙
 
Esta es la Ceci, mi gran compañera de viajes, hace más de 7 años 😱, cuando decidimos ir a recorrer, con nuestras mochilas, una partecita muy bonita de Brasil.
 
Gente piola en Praia do Francês 😎
 
Me acuerdo que después de pasar unos 3 días conociendo Praia do Francês y sus playitas aledañas, quisimos irnos a Porto de Galinhas, pero el viaje en bus era tan largo y los días de vacaciones tan cortos y escasos, que apuntamos a cualquier lugar del mapa que estuviese más cerca, compramos pasajes y llegamos a Porto da Pedras, un pueblo de 5 cuadras con un barcito con los meseros más buena onda y apañadores, un loquito sin dientes que bailaba mejor que cualquier competidor que se le pudiera presentar (y en Brasil vaya que hay competidores fuertes oye), una farmacia para comprar repelente inservible, una cancha de fútbol donde se reunía todo el pueblo y un faro desde donde se veía la panorámica de todo esto. La mejor parte era la playa, obvio, cuando tipo 5-6 PM el mar se recogía y la arena se ponía psicodélica. La magia de la improvisación.
 
A este señor lo bautizamos "Muito Perrito" y fue nuestro guía turístico por un día en Porto da Pedras.
  
Después de recojerse el mar, aparecía la magia ✨
 
Pero bueno, antes de descubrir todo lo que había en Porto da Pedras tuvimos que buscar un lugar para dormir, “Ceci, esta wea es un pueblo fantasma”, le dije, hasta que en esa búsqueda encontramos esta especie de convento bizarro. Hablando en serio, no era un convento, era la posada de Sidi, donde obviamente no había más huéspedes y solo se paseaba una señora gordita y feliz que preparaba unos desayunos mortales que nos zampábamos mientras hacíamos el recuento matinal de las picadas de mosquitos. 

Se imaginan cómo sería la vida de una persona que vive ahí?
 
La pieza tenía un ventilador que era meramente decorativo y un montón de cruces y figuras extrañas/religiosas/creyentes/tengomiedo. Hasta en la ducha había un Yisus mirándote. Pero lo más raro del convento era el dueño, Sidi, un viejo verde con mucha imaginación que, apenas llegamos, nos invitó al barcito a tomar cervezas y comer unas albondiguitas novedosas como con pan rallado. Fuimos, obvio. El viejo verde nos hablaba de armas y amantes… y no sé qué más, porque dejé de tomarle atención cuando apareció el bailarín sin dientes que se robó la película. 

- “Ya, yo voy a bailar con él”, le dije a la Ceci.

- “Guli, no me dejí sola con el Sidi”, respondió ella abriéndome los ojos.

- “Ven a bailar con los meseros entonces”.

Listo. Sidi pa la casa a dormir con las escopetas. Ese fue el mejor carrete del viaje (por no decir el único). De nuevo, la magia de la improvisación.

 
Pasa ahora que estamos en medio de una pandemia y está difícil visualizar viajes en el horizonte. Los días a pata pelá en la arena fumando una macoña de dudosa procedencia se ven lejanos y el único recurso que tenemos a mano son los recuerdos, las fotos, las historias, los momentos.
 
Me quedo con este, "Muito Perrito" guiando nuestros pasos 💕
 
Les mando un gran abrazo a todos quienes hayan leído hasta aquí, espero que al menos para recrear la mente o traer recuerdos al momento presente les haya servido. Ya volveremos a viajar y llenarnos de lo que aún nos falta por conocer. Como siempre también, un abrazo para mi Ceci querida, compañera de tantas, inspiradora, amiga eterna de mi corazón.

Con cariño (y melancolía),

Diógenes.

10 agosto, 2020 — Claudia Aspée

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