(…) Estábamos en Londres y en este punto del viaje se nos había unido otra amiga, la Palo. Ese día caminamos todo el día, la misión era llegar al Blues and Kitchen, un bar que no sé de dónde sacamos que había que ir. Nada hacía presagiar el final que tendría esta historia.

A las 12 PM aprox. partió nuestra caminata y lo primero que hicimos fue parar a comprar cervezas pal camino. El pack de 4 estaba en oferta. En todos estos países de las europas, se puede ir tomando cervezas por la calle, pero además de estar en “verano” en Londres y no en Sevilla, dijimos “pa qué tan tourist” y nos abstuvimos de tomarlas hasta la hora de almuerzo. Una para cada una, Salud!, siestita en el parque y siguió el recorrido. La cerveza que sobró se fue de vuelta a mi mochila a compartir espacio con el tupper y las [milhueásinnecesarias] más que carga un Diógenes. Sólo quedó un espacio que se completó horas más tarde cuando andando por la ciudad encontramos una tienda de papelería donde consideré que no me bastaba con el cuaderno grande tapa dura que había llevado para el viaje, y compré tres libretas más. Sencillas, tapita craft, modelo colegial antiguo, caras pero pagables, era iluso no comprarlas. El resto del viaje hasta el bar me fui más cargada pero más feliz, hasta que finalmente llegamos.


Almuercito en el parque y los mil cachureos que cargamos...

Música en vivo, amerita cerveza.
¡¿¡¿Que valen cuánto?!?! Como 5 lucas chilenas costaba el vasito que no le daba ni pa 300cc. Ya saben ustedes cuál era nuestra situación financiera en el viaje, pero de igual manera, estafadas, mas no amarretes, compramos el vasito y nos sentamos a ver a la banda que tocaba.
No podría recordar qué tipo de música era el que escuchábamos, pero sí me acuerdo que parece que nos gustó tanto, que la cerveza se nos acabó al tiro. Nos miramos con pena, chocamos nuestros vasos vacíos con cara de resignación, hasta que PUM! Se prendió mi ampolletita: “la cerveza en mi mochila”.
“Amigas – le dije con tono y actitud de plan maléfico – tenemos la cerveza que sobró del almuerzo, acérquenme sus vasos”. Obvio que con la lata de 500 cc nos alcanzaba para llenar los tres, así que con bastante discreción y aún más naturalidad, saqué la lata de mi mochila, la abrí, rellené los vasos y dejé la lata vacía sobre la mesa larga y compartida en la que estábamos. Pa qué les voy a mentir, a esas alturas yo ya me imaginaba que probablemente en un lugar donde venden cervezas (muy caras, por lo demás), no era permitido traer las tuyas en la mochila, así que me ocupé de dejar mi humilde latita bien posicionada en tierra de nadie, justo en el espacio entre nosotras y los english men que estaban sentados al lado.


Ahí vamos, partiendo la caminata.

La escena que narraré a continuación sólo quedó registrada en mi cabeza, porque mientras la Ceci y la Palo estaban muy concentradas en la música sin cachar nada, lo que yo en verdad estaba haciendo (y suelo hacer), era poner atención a todo lo que ocurría en mi entorno.
Acto #1: Pasa una mesera frente a nosotras y ve la lata, la cual inmediatamente desconoce. Me mira, la miro y sonriente me pongo a hablarle a mis acompañantes para pasar piola.
Acto #2: Mientras yo miro de reojo, la mesera se acerca a un mesero y le dice algo al oído. Nos miran.
Acto #3: El mesero se acerca a la puerta del bar y sale, mientras yo me tomo al seco lo que me queda de cerveza.
Acto #4: El mesero entra de vuelta acompañado por un guardia. “Vienen por mí”, trago saliva, actúo natural.
Acto #5: El guardia se me acerca y me pregunta: “¿Es tuya esa cerveza?”, y yo respondo en mi mejor inglés: “Nou”. Estoy media pálida, la Ceci y la Palo acaban de darse cuenta de que algo pasa, no entienden. El guardia toma mi mochila (llena), la palpa y vuelve a preguntarme: “¿Qué tienes adentro?” y yo, con la traquilidad de saber que en verdad no tengo más cervezas, como que le tiro la talla y le digo “A lot of things haha”. La música está fuerta y el guardia enojado. “Follow me”, me dice, y se va con mi mochila. “Vamos”, les digo al otro par, y salimos en filita del bar.
Acto Final: Abriendo mi mochila, el guardia empieza a decirme que no se supone que yo entre cervezas a SU bar y yo me hago la ofendida y le digo que yo no he traído nada, o sea, qué le pasa. El guardia saca el tupper, saca las libretas, el bolso con la cámara, un estuche, la billetera, sobre plástico con papeles, botella de agua, etc, etc, etc, hasta que la deja vacía. Se le agrandan los ojos, se complica, nos pide perdón, nos invita a volver al bar. Las tres nos miramos y telepáticamente sostenemos una conversación en la que decidimos que no, que mejor nos vamos. Le damos las gracias al guardia, nos hacemos las ofendidas, pobre guardia igual, pero no, muchas gracias.
Cómo terminó la noche? Partimos a comprar cervezas a alguna botillería o lugar más barato y emprendimos camino de vuelta a la casa, cantando a todo pulmón por las calles de Londres.

Un final inesperado, pero felices igual. 

 

08 julio, 2019 — Claudia Aspée

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